El playbook de Tuchel ya está abierto

Doblete de Kane, debut mundialista con gol de Bellingham, sentencia de Rashford desde el banquillo. Pero la noticia del primer partido inglés del Mundial 2026 no se mide en goles. Se mide en kilómetros de distancia entre esta Inglaterra y la de Gareth Southgate.

Hay un detalle del 2-1 de Inglaterra anoche que conviene mirar dos veces, porque ahí está, en pequeño, casi todo lo que cuesta tres años explicar. Minuto 42. Saque de esquina sobre la izquierda. Declan Rice levanta la mano, finta, y entonces cinco jugadores ingleses se mueven al mismo tiempo en direcciones aparentemente sin sentido. John Stones bloquea a un central croata por dentro. Otro jugador se cruza por delante del primer marcador zonal. Konsa ataca el balón en diagonal por el segundo palo. Y Kane, en el espacio liberado por la coreografía de sus compañeros, conecta de cabeza el 2-1.

Esa jugada no es casualidad. Es una página del libro. Y ese libro lo escribió un señor llamado Paul Quilter. Si alguien quería saber en qué se parece la Inglaterra de Thomas Tuchel a la de Gareth Southgate, tiene la respuesta en esa córner. En casi nada.

La revolución silenciosa

Cuando la FA nombró a Tuchel en septiembre del año pasado, mucha gente leyó la decisión como un cambio de nombre. Otro alemán, esta vez no para el cuerpo técnico sino para el banquillo principal. Lo que casi nadie midió bien entonces es lo que el alemán traía consigo, porque Tuchel no llegó a Inglaterra solo. Llegó con Anthony Barry, su lugarteniente táctico desde el Chelsea, y con Paul Quilter, el analista de jugadas a balón parado más respetado del fútbol inglés. La FA no contrató a un entrenador. Contrató a un equipo de trabajo.

Lo dijo Kane antes del partido: «Queremos construir un libro de jugadas como una playbook de la NFL. Cuando llegas a un torneo, no hay tiempo de entrenar mucho. Tienes que mirar al rival, ver si defienden en zona o al hombre, y elegir la jugada que toca.»

Eso, en boca de un capitán inglés que ha jugado seis grandes torneos, es revolucionario. Porque durante diez años bajo Southgate, Inglaterra fue el equipo que se preparaba para no perder. La que tocaba el balón con miedo. La que en la final de la Eurocopa de 2024 contra España tuvo el 34,9% de la posesión. La que en la final de 2020 contra Italia tuvo el 34,6%. La que llegaba a los partidos importantes con un plan defensivo y rezando porque alguno de sus jugadores resolviera por su cuenta. Y casi siempre, esa Inglaterra perdía. La de los penaltis de Wembley. La del cabezazo de Mancini. La de Carlos Saúl Yamal en Berlín.

Tuchel lo dijo a los pocos días de tomar el cargo y nadie pareció hacerle mucho caso entonces. «Lo que vi en la Eurocopa fue tensión y presión sobre los hombros de los jugadores. Estaban jugando a no perder.» Dijo también: «El estilo debe reflejar la Premier League. Físico, directo, intenso.» Y dijo, sin nombrarlo: «Tenemos que ser lo suficientemente valientes para jugar como Inglaterra, no copiando a otros.» Anoche, en Arlington, ese discurso se convirtió en marcador.

El partido que Croacia jugó bien y aun así perdió

Conviene decirlo claro porque el resultado lo emborrona. Croacia jugó un buen partido. Mejor de lo que dice el 4-2. Salió a presionar arriba desde el primer minuto, encontró profundidad por Perišić en la izquierda durante la primera media hora, empató dos veces el partido y se fue al descanso con 2-2 después de un golazo de Petar Musa en el descuento de la primera parte.

El Modrić de 40 años corrió por el centro del campo y dirigió cuando le tocó. La selección croata, esa que ha jugado una final y unas semifinales en los dos últimos Mundiales, demostró que sigue siendo capaz de medirse de tú a tú con cualquiera durante 45 minutos. El problema es que el partido duraba 90. Y a partir del 46 fue otra cosa.

La pausa que cambió todo

Lo que pasó en el vestuario inglés durante esos 15 minutos del descanso es lo que un día se contará en un libro sobre Tuchel. El público no tiene acceso, pero los hechos posteriores hablan claro. Porque el primer balón en juego del segundo tiempo, exactamente el primero, salió en jugada limpia desde el centro del campo, cruzó tres líneas croatas en tres pases y terminó con Bellingham definiendo cruzado al 47 minuto. Aquello no fue casualidad. Fue una jugada ensayada que aprovechó la salida desordenada de Croacia tras el saque inicial.

Un detalle, porque cuenta. Bellingham debutaba en un Mundial. Sí, eso que parece imposible: el chico de 22 años y dos Eurocopas a la espalda, el jugador más caro del mundo en su día, nunca había pisado el césped de una Copa del Mundo hasta anoche. Marcó en su segundo balón del partido (el primero, en el minuto 30, no había llegado a rematar un centro). Conversó con Modrić al final del partido.

Le bastaron tres minutos del segundo tiempo para estar entre los protagonistas. La gestión de Tuchel sobre él durante toda la temporada (incluido aquel episodio en el que lo trató como suplente del centrocampista del Aston Villa para enviarle un mensaje) ha producido lo que ahora se ve en el campo: un Bellingham menos protagonista de declaraciones, más protagonista de jugadas.

A partir de ese 3-2, lo que vino fue otra Inglaterra. La que somete. La que disfruta. La que Tuchel viene prometiendo. Atacó por todas las bandas, generó cinco ocasiones en quince minutos, y solo Dominik Livaković, el portero del Fenerbahçe, evitó la goleada antes del 4-2 final. El gol definitivo lo metió Marcus Rashford a los 85 minutos, entrando desde el banquillo, en un contraataque rápido por la izquierda con asistencia de Saka. Hubo Inglaterra desde el principio del segundo tiempo. Hubo Inglaterra hasta el final.

Lo que dicen los números

Diez goles en doce partidos mundialistas para Harry Kane, que iguala a Gary Lineker como máximo goleador de Inglaterra en la historia de las Copas del Mundo. La marca de Lineker había aguantado desde 1990. Cayó anoche en Arlington con el doblete del capitán del Bayern. Un récord más que añadir a la cuenta personal de uno de los grandes goleadores del fútbol contemporáneo, que cuando se retire tendrá probablemente la mayoría de los registros nacionales del Reino Unido.

Otros números, menos personales pero más reveladores, para entender el cambio. La Inglaterra de la clasificación a este Mundial sumó ocho victorias en ocho partidos sin encajar un solo gol. Croacia, que para esa Inglaterra hubiera sido el primer examen real, le metió dos. Pero también encajó cuatro. Y aquí está la clave: bajo Southgate, en los grandes torneos, Inglaterra metió 22 goles en 18 partidos en las dos Eurocopas que jugó y los dos Mundiales.

Tuchel, en su segundo partido oficial competitivo (no contamos amistosos), ya lleva cuatro. Algo se ha desbloqueado en la ofensiva. La cuestión, hasta esta noche, era si aguantaría detrás. La respuesta es que sí, aunque concediendo. El Stones-Konsa-Guéhi-O’Reilly de hoy no es invulnerable. Pero hace algo que la defensa de Southgate no hacía: permite que el equipo, en su conjunto, gane partidos siendo más alto, más físico y más directo.

Las cuatro diferencias visibles

Anotemos las cuatro diferencias entre esta Inglaterra y la de Southgate que se vieron sobre el césped anoche. Conviene tenerlas escritas para los próximos partidos.

Una. Las jugadas a balón parado son ahora una fábrica de goles, no un trámite. La playbook de Quilter, importada del Chelsea, es lo más cerca que ha estado Inglaterra de tener un arma diferencial específica desde Beckham.

Dos. Kane juega de nueve puro y no necesita bajar a buscar el balón para tocarlo. Esto es porque Bellingham y Madueke (sí, Madueke, no Foden, otro mensaje fuerte de Tuchel) le atacan el espacio que él libera. Por primera vez en años, Kane no está solo en el área cuando le llega el balón.

Tres. Los contraataques son la primera opción ofensiva, no la última. El 3-2 y el 4-2 ambos llegaron por transiciones rápidas. La Inglaterra de Southgate, cuando recuperaba el balón, lo aseguraba. La de Tuchel lo acelera.

Cuatro. Hay banquillo y se usa antes. Rashford entró al minuto 79 y metió el cuarto a los 85. Tuchel hizo cuatro cambios. Southgate, en partidos como este, hacía dos o tres y casi siempre al final.

Lo que viene y la advertencia honesta

Inglaterra es ahora favorita declarada de su grupo y favorita seria al título. Ese es el hecho. Ahora viene la honestidad: este 4-2 también dejó costuras. Encajar dos goles a Croacia (un disparo de Baturina desde fuera y otra acción en el descuento) es un dato a corregir. Cubrir las espaldas a O’Reilly cuando se proyecta es una tarea pendiente. Y la dependencia de Kane sigue siendo enorme. Si Inglaterra quiere ganar este Mundial, tendrá que demostrar que también puede hacerlo cuando el 9 no esté inspirado.

Pero hay una cosa que anoche en Arlington quedó probada. La Inglaterra que llevamos diez años pidiendo a gritos, la que juega a ganar, no a no perder, finalmente existe. No es perfecta. No es invencible. Pero tampoco es la sombra paralizada que se sentaba a esperar el milagro o el penalti. El playbook de Quilter ya está abierto sobre la mesa del vestuario. Y Tuchel lleva, en este Mundial, los pulgares manchados de tinta de pasar páginas.


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