Veinte años para esta Chequia

Volvieron veinte años después y han debutado sumando un punto en dos partidos. Empatar ante una Sudáfrica con dos titulares menos no es un susto, es una declaración de intenciones. La de un equipo que en Eurocopas es serio y que en Mundiales sigue siendo, otra vez, una sombra de sí mismo.

Hay una pregunta incómoda que conviene hacerle a Chequia hoy. Antes de mirar el resultado, antes de analizar el partido, antes de cualquier consideración táctica. La pregunta es esta: ¿qué fue exactamente lo que se rompió en este equipo cuando dejó de ser Checoslovaquia?

Porque los datos están ahí y son demoledores. Checoslovaquia, antes de partirse en dos en 1993, ganó la Eurocopa de 1976 y fue subcampeona del Mundo en 1962. Tenía generaciones de mediocampistas envidiables y un fútbol reconocible. La Chequia surgida tras la partición empezó tan bien como mejor puede empezar una selección: subcampeona de la Eurocopa de 1996, semifinalista en 2004. La generación de Nedvěd, Poborský, Berger, Šmicer y Koller estuvo cerca, muy cerca, de ser una potencia futbolística de pleno derecho. Y luego, sin saber muy bien por qué, vino el desierto.

Desde el Mundial de Alemania 2006, donde cayeron en fase de grupos, Chequia se ausentó de los siguientes cuatro Mundiales. Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022. Veinte años sin pisar el escenario más grande del fútbol. Cuando por fin volvieron a clasificarse para esta edición de 2026, tras ganar la repesca de marzo con angustia, fue tras una eliminatoria mediocre detrás de Croacia. El regreso ya prometía poco. Lo de anoche en Atlanta confirma que, además, lo poco se está cumpliendo.

El partido que se ganaron y luego se entregaron

Empecemos por la única cosa buena. Cinco minutos y ocho segundos. El gol más rápido del Mundial 2026 hasta ese momento (Nmecha lo emparejaría poco después con Alemania ante Curazao). Centro de Patrik Schick desde la derecha, control y pase precioso de Alexandr Sojka al borde del área, definición fuerte y cruzada de Michal Sadílek venciendo la salida del portero Williams. Una jugada de manual, ejecutada con calidad de manual, en el primer ataque serio del partido. Chequia se ponía 1-0 y se daba el privilegio de jugar exactamente como sabe jugar: bloque medio-bajo, defensa de los huecos, transiciones por Schick. A partir de ahí, Chequia eligió. Y eligió mal.

Porque enfrente tenía a una Sudáfrica diezmada. Una Sudáfrica que ya venía de perder 2-0 contra México y de quedarse con nueve jugadores en aquel partido tras las expulsiones de Sphephelo Sithole y Themba Zwane. Esos dos, además, no podían jugar este partido por sanción. Es decir, Chequia se medía contra una selección sin sus titulares más físicos del mediocampo, todavía digiriendo una derrota dolorosa, y a la que un buen segundo gol habría dejado mentalmente desactivada para el resto del torneo. Ese segundo gol nunca llegó. No por mala fortuna. Por dejadez.

Tras el 1-0, los hombres de Ivan Hašek decidieron que ya estaba hecho lo importante. Cedieron metros, cedieron balón, cedieron iniciativa. Sudáfrica, que defensivamente no iba a poder ofrecer demasiado pero que en posesión tenía pies para jugar con Mokoena y Adams desde el mediocampo, fue creciendo. Empezó a circular el balón con tranquilidad, encontró asociaciones por banda con Maseko y Mofokeng, y obligó a Matěj Kovář a una gran intervención sobre el remate sudafricano que pudo ser empate antes de hora. Chequia, mientras tanto, se dedicó a esperar. A defender una ventaja mínima durante 75 minutos. A jugar al «ya hemos hecho lo que teníamos que hacer».

El minuto 83 era casi inevitable. Un balón al área, una mano dentro de los dieciséis, penalti señalado, Teboho Mokoena no falló. 1-1. Y un equipo que llevaba 78 minutos sin generar peligro acababa de cobrar lo que merecía.

Lo que dice el partido sobre Chequia

Vamos a la honestidad. Empatar a Sudáfrica, en la situación en la que llegaba Sudáfrica al partido, es un mal resultado deportivo y un peor resultado anímico. Pero la noticia real no está en este 1-1 aislado, sino en lo que confirma. Confirma que esta Chequia es lo que ya fue Chequia en el último Mundial al que asistió, hace veinte años. Un equipo correcto, físicamente solvente, ordenado, capaz de un destello, sin ambición competitiva real. Un equipo que llega para resistir y se va antes de cobrar.

Y aquí es donde conviene cuestionar el tópico, porque las narrativas perezosas hacen flaco favor al análisis. Chequia NO siempre rinde por debajo en grandes torneos. En Eurocopas, sus números son notables: subcampeona en 1996, semifinalista en 2004, cuartofinalista en 2024 hace dos veranos. La generación que llega al Mundial 2026 incluye a varios de los jugadores que llegaron a esos cuartos contra Países Bajos. La diferencia entre lo que se les pide en Europa y lo que se les pide en un Mundial es lo que conviene explicar.

Porque en una Eurocopa, una Chequia ordenada y físicamente competitiva puede ser temible. La estructura del torneo, los rivales más previsibles, el calendario más amable, juegan a favor de equipos como este. En un Mundial, ya en su primera fase, te enfrentas a una variedad de estilos que tu plantilla no siempre sabe descodificar. Y, sobre todo, te exigen lo que en Europa no siempre te exigen: marcar goles. Saber matar partidos. Llevar la iniciativa cuando toca. Cosas que esta Chequia, sencillamente, no sabe hacer.

El dato que lo resume todo está en el campo. Después del gol del 5′, Chequia disparó dos veces a portería en los siguientes 85 minutos. Dos veces. Frente a una selección con dos hombres menos por sanción y un central de 19 años (Ime Okon) que estaba haciendo su debut mundialista. No es un problema de plan: el plan funcionó. Es un problema de identidad competitiva. Esta Chequia no quiere matar a los partidos. Esta Chequia quiere sobrevivirlos. Y en un Mundial, sobrevivir nunca te lleva a octavos.

La generación que se pierde sin saber por qué

Hay otra cosa interesante en este equipo que conviene señalar. La generación checa actual no es mala. Patrik Schick es un delantero de área que en sus mejores años en el Bayer Leverkusen rondaba los veinte goles por temporada. Adam Hložek es un atacante con técnica europea de primera clase. Tomáš Souček es un mediocampista que en el West Ham fue durante años uno de los más constantes de la Premier League. Ladislav Krejčí padre y Ladislav Krejčí hijo son ambos centrales serios. Hablamos de una selección con seis o siete jugadores que serían titulares en cualquier equipo de mitad de tabla en cinco grandes ligas europeas. No es una plantilla de juveniles ni de descartes.

Y aun así, cuando los pones juntos y los visten de la selección, pasa esto. Un equipo que parece pedir disculpas por estar en un Mundial. Que celebra el 1-0 como si fuera el 4-0 de la final. Que después se dedica a aguantar 85 minutos cuando enfrente tiene a un rival herido al que había que rematar. Esa diferencia entre el talento individual disponible y el conjunto sobre el campo es una pregunta que el fútbol checo lleva veinte años sin saber responder.

Lo que viene

Chequia jugará la última jornada contra Corea del Sur (sí, el mismo equipo que ya les remontó 2-1 en la jornada 1). Necesita ganar para tener opciones reales de pasar como tercera de grupo en este formato de 48 selecciones que perdona casi todo. Y aún así, depende del resto. Si Sudáfrica gana o empata a México en la última jornada, Chequia se va aunque venza.

Pero más allá del próximo partido, lo que se está confirmando es que la Chequia que volvió al Mundial veinte años después es la misma Chequia que se fue del Mundial veinte años atrás. Una selección que en Europa compite y en el mundo se pierde. Que tiene jugadores para más y un techo mental para menos. Que en cada examen grande termina conformándose con lo que ya tenía.

Si en cinco días Chequia gana a Corea y se mete en octavos por la puerta de atrás, este texto envejecerá mal. Pero hoy, después de ver lo que se vio anoche, es complicado imaginarlo. Más complicado todavía es imaginar que, si pasa, dure mucho. Octavos contra una potencia, eliminación digna, y vuelta a casa con la sensación de haber estado pero no haber participado del todo.

La Chequia que ganó la Eurocopa lo hizo en 1976. La que llegó a semifinales lo hizo en 2004. La que está jugando este Mundial es la herencia diluida de aquella. Veinte años para volver a un Mundial. Veinte años para descubrir que, en muchas cosas, sigue donde estaba.

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