Infantino se rinde en 72 horas y abre la guerra de 2027

El martes presentó un plan para vender parte del Mundial. El viernes por la noche lo retiró. Entre medias perdió a su principal asesor, a cinco confederaciones y algo más difícil de recuperar: la presunción de que controla la FIFA. Esta es la crónica de la mayor derrota política de su década en el cargo, y de lo que deja detrás.


El comunicado salió en la noche del viernes en Europa, esa franja horaria que las instituciones reservan para las cosas que preferirían que nadie leyera. Eran cinco párrafos de una prosa cuidadosamente neutra que terminaban con una frase sin escapatoria posible: «Nuestro propósito siempre ha sido, y siempre será, unir y mejorar. En consecuencia, esta propuesta no seguirá adelante».

Gianni Infantino acababa de retirar el proyecto que había presentado setenta y dos horas antes. Y lo había hecho, según su propia explicación, porque «tras haber escuchado atentamente todos los puntos de vista, ha quedado claro que el proyecto ha creado divisiones que ya no responden al objetivo inicial». Divisiones es una manera elegante de decirlo. Lo que había ocurrido en esas setenta y dos horas era una rebelión.

Lo que se cayó

Conviene recordar brevemente qué era FIFA Forward Enterprise, porque su contenido explica la magnitud de lo que se ha frenado. Se trataba de una filial que agruparía todos los derechos comerciales de la FIFA, es decir, la retransmisión, el patrocinio, las entradas y las licencias, junto con la gestión operativa de sus torneos: el Mundial masculino, el femenino y el de Clubes.

La valoración de partida era de veinte mil millones de dólares y la operación consistía en abrir alrededor del veinte por ciento a inversores privados para ingresar unos cuatro mil doscientos millones antes de fin de año. J.P. Morgan asesoraba. El fondo llamado a liderar el grupo inversor era Thrive, la firma de Joshua Kushner, cuñado de la hija de Donald Trump.

A cambio, cada una de las doscientas once federaciones recibiría veinte millones de dólares de forma inmediata y otros veinte en el ciclo 2027-2030, frente a los ocho previstos hasta ahora. Para decenas de asociaciones cuyo presupuesto anual es una fracción de esa cifra, era una oferta transformadora. Y sin embargo, el proyecto murió antes de llegar a votarse.

Cómo se cayó

La cronología es casi de manual sobre cómo se pierde una batalla institucional. El martes 28, The Times y el Financial Times publicaron a la vez la existencia del plan. Horas después llegó el comunicado oficial. El miércoles, Infantino difundió un vídeo defendiendo personalmente la iniciativa y prometiendo un proceso democrático. El jueves, la UEFA convocó una reunión extraordinaria y sus cincuenta y cinco federaciones votaron por unanimidad no participar en ninguna competición de la FIFA mientras la propuesta siguiera viva. Su comunicado incluía una frase escrita para durar: «Hay cosas demasiado importantes como para venderlas. La Copa Mundial pertenece al fútbol. Siempre será así. Y mientras Europa tenga voz, jamás estará a la venta».

Esa misma tarde, las cuarenta y una asociaciones de la Concacaf rechazaron el plan denunciando la falta de garantías procesales, el plazo artificialmente corto y la ausencia de revisión por los órganos de gobierno de la propia FIFA. El viernes, la Confederación Asiática, uno de los apoyos históricos de Infantino, se sumó al rechazo por boca de su presidente, Shaikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, exigiendo que cualquier iniciativa se debata de manera oportuna, transparente y significativa. La CAF anunció que lo evaluaría en su Comité Ejecutivo y tampoco lo respaldó.

Quedaba la Conmebol, que apoya la reelección de Infantino en 2027 y era su última esperanza de contrapeso. El viernes publicó un comunicado titulado «Primero está el fútbol» en el que pedía aclaraciones sobre el alcance, la estructura, la gobernanza y los efectos económicos del proyecto, y anunciaba consultas con sus diez federaciones. No lo rechazó. Pero no lo apoyó, que en ese momento era exactamente lo mismo. Horas después, el proyecto estaba retirado.

El golpe que vino de dentro

Hay un elemento de esta historia que explica la rendición mejor que ningún recuento de votos, y es el que menos se ha contado. El mismo viernes, Carlos Cordeiro presentó su dimisión con efecto inmediato como asesor principal del presidente de la FIFA. Cordeiro no es un cargo menor: expresidente de la Federación de Estados Unidos, exdirectivo de Goldman Sachs y consejero principal del grupo de trabajo de la Casa Blanca para la organización del Mundial de Clubes y del Mundial 2026. Es decir, precisamente el hombre que conectaba a la FIFA con el mundo financiero y con la Administración estadounidense.

Su carta de dimisión no dejó espacio a interpretaciones amables. Escribió que la responsabilidad de la FIFA no es maximizar los beneficios comerciales a cualquier precio, sino proteger y fortalecer el fútbol para las generaciones futuras, y que cuando esos principios entran en conflicto, el fútbol debe ir primero. Consideró el asunto una cuestión decisiva para el futuro de la institución.

Y no fue el único. Kevin Lamour, director de operaciones de la propia FIFA, cuestionó públicamente la falta de transparencia del proceso. Cuando un plan financiero pierde al hombre que entiende de finanzas y al que dirige las operaciones, deja de ser una discusión política para convertirse en un problema de credibilidad. Ahí es donde se decidió esto.

Por qué perdió quien tenía los votos

La paradoja de todo el episodio es que Infantino nunca perdió una votación, porque nunca llegó a celebrarse. Y lo que hace fascinante el caso es que probablemente la habría ganado, o al menos habría estado cerca. En la FIFA rige el principio de una federación un voto, de modo que el sufragio de las Islas Feroe pesa lo mismo que el de Alemania. La UEFA agrupa cincuenta y cinco de las doscientas once asociaciones y necesitaba muchas más para bloquear nada. Los cálculos que circularon durante la semana situaban en ciento seis los votos necesarios, y Aleksander Ceferin sabía perfectamente que no los tenía. Por eso no jugó a esa partida. Atacó otra cosa: la valoración.

Los veinte mil millones de dólares que se pretendían monetizar salen de una premisa que ninguna presentación se atreve a poner por escrito, y es que en el Mundial juegan los mejores equipos del planeta y la mayoría son europeos. Trece de las veintitrés Copas del Mundo las ha ganado una selección de la UEFA. Seis de los ocho cuartofinalistas del torneo que terminó hace dos semanas eran europeos. La campeona es España. Los mercados televisivos que sostienen esa cifra están en Europa y los futbolistas que llenan las plantillas de todas las selecciones del mundo juegan en cinco ligas europeas.

Un Mundial sin Europa no vale veinte mil millones. Y no hacía falta que el boicot llegara a producirse: bastaba con que la amenaza fuera creíble para que el activo dejara de ser el que se estaba vendiendo. Ningún fondo firma una valoración en disputa, y ningún banco asesora una operación cuyo principal riesgo se anuncia por escrito y por unanimidad. Ceferin no ganó la votación. Ganó la tasación.

Lo que de verdad tumbó el proyecto

Y aquí está la lectura que conviene retener, porque explica lo que viene después. Lo que unió a cinco confederaciones que rara vez coinciden en nada no fue el rechazo al capital privado. La Concacaf lo dijo con una precisión notable: su preocupación era la falta de garantías procesales, el plazo impuesto y la ausencia de revisión por los órganos competentes. La AFC pidió consulta. La Conmebol pidió información. La CAF pidió tiempo. Ninguna dijo que el dinero fuera malo.

Lo que tumbó el proyecto fue el método. Un plan de veinte mil millones presentado por sorpresa, con cincuenta y tres días para responder y con la advertencia implícita de que quien no apoyara se quedaba fuera del reparto. La UEFA lo describió el sábado sin diplomacia alguna: un proyecto cutre, opaco y urdido entre bastidores. Es la diferencia entre perder un debate y perder la autoridad para convocarlo.

La guerra que empieza ahora

Porque el proyecto está muerto, pero lo que ha abierto no se cierra con un comunicado nocturno. La FIFA celebra elecciones presidenciales en 2027, e Infantino anunció en abril, durante el Congreso de Vancouver, que se presentará a la reelección. Ese es el marco en el que hay que leer todo lo que se dijo el sábado, cuando las confederaciones, en lugar de celebrar la victoria y pasar página, subieron el tono.

La UEFA calificó la retirada de victoria para todo el fútbol y añadió que no debe marcar el final de la historia, porque la tarea de restablecer la confianza en la FIFA no ha hecho más que empezar. Y fue más lejos: recordó que antes de su elección en 2016 Infantino prometió transparencia y aseguró que el dinero de la FIFA pertenecía a las asociaciones miembro, para concluir que no cumplió ninguna de las dos promesas.

La Concacaf firmó la frase más dura de toda la semana. Escribió que una propuesta de esta magnitud no llega a esa fase por accidente, que refleja un liderazgo que ha dejado de poner el fútbol en primer lugar, y que ha llegado el momento de llevar a cabo una revisión integral de ese liderazgo. Eso, en el lenguaje de las instituciones deportivas, no es una crítica: es el anuncio de una candidatura o la búsqueda de una.

La Federación Alemana habló de una actuación unilateral, sin transparencia e irresponsable. La inglesa reclamó un análisis profundo de la dirección y la gobernanza del organismo. Y FIFPRO, el sindicato mundial de futbolistas, aprovechó para exigir un asiento en la mesa donde se decide el futuro del calendario que se juega con las piernas de sus afiliados.

Infantino conserva el cargo, conserva la Conmebol y conserva la ventaja estructural de que en la FIFA los votos no se reparten por población ni por facturación. Pero ha perdido tres cosas en una semana que tardará mucho más en recuperar: a su asesor principal, la presunción de que controla la casa y, sobre todo, el elemento que había sostenido su década en el poder, que era la certeza de las federaciones pequeñas de que apoyarle siempre salía a cuenta.

El fútbol se ha ahorrado, de momento, tener un accionista con derecho a exigir más torneos, más equipos y más frecuencia. Es una buena noticia y merece celebrarse. Pero quien crea que este asunto ha terminado no ha entendido lo que pasó el sábado, cuando cuatro federaciones y una confederación entera dejaron de hablar del proyecto para empezar a hablar del presidente. La votación de septiembre ya no se celebrará. La de 2027 acaba de empezar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *