En julio del año pasado, Málaga renunció a ser sede del Mundial 2030 porque las obras obligaban a su club a jugar en un estadio de doce mil quinientas plazas teniendo veintiséis mil abonados. Trece meses después, el Málaga ha ascendido y esta temporada recibe a los grandes en su campo de siempre. A quinientos kilómetros, el Rayo juega en Butarque.
La reunión se celebró un sábado de julio de 2025 y en la sala había más gente de la que suele haber en las decisiones de este tipo. Estaban las tres instituciones propietarias del estadio, es decir, el Ayuntamiento de Málaga, la Junta de Andalucía y la Diputación. Estaba José María Muñoz, administrador judicial del club. Y estaban, esto es lo importante, representantes de la Federación de Peñas y de la Grada de Animación del Málaga CF. De allí salió Francisco de la Torre, alcalde de la ciudad, y dijo una frase que merece conservarse porque en el fútbol español no se escuchan muchas parecidas: eligiendo entre el Mundial y el club, elegimos el club y la afición. Málaga acababa de retirarse como sede del Mundial 2030.
Doce mil quinientos contra veintiséis mil
El dilema, expuesto sin adornos, era este. La Rosaleda necesitaba una reforma valorada en doscientos setenta millones de euros para cumplir los requisitos de la FIFA, con un plazo que expiraba a finales de 2028 y una exigencia de cuarenta y cinco mil localidades. Durante esas obras, el Málaga tendría que mudarse al Estadio de Atletismo Ciudad de Málaga, y ahí aparecía el problema. En un primer momento se anunció que aquel recinto podría acoger a unas veintiséis mil personas. Después la cifra se ajustó a doce mil quinientas. El Málaga tiene más de veintiséis mil abonados. Es decir, la mitad de los socios se quedaba fuera durante los años que durasen los trabajos.
El alcalde se encargó de aclarar que la renuncia no obedecía a un ahorro, que era la explicación fácil y la que todo el mundo esperaba. Dijo que no lo hacían para ahorrar dinero sino porque era lo mejor para la ciudad, la afición y el club, y añadió el compromiso de que habrá un estadio nuevo aunque no sea para la Copa del Mundo. España mantuvo su candidatura con el resto de sedes y los nombres que aparecieron para sustituir a Málaga fueron Balaídos y el Nou Mestalla. Visto en julio de 2025, aquello parecía una noticia menor sobre una ciudad que se bajaba de un tren. Visto ahora, es otra cosa.
Lo que ha pasado en trece meses
El 21 de junio de este año, el Málaga ganó en Almería con goles de Chupete y Larrubia y ascendió a Primera División ocho años después de haber bajado. Se convirtió, además, en el primer equipo de la historia del fútbol español que sube a la máxima categoría estando intervenido judicialmente, después de haber pasado por Primera Federación y por una crisis económica que estuvo a punto de llevárselo por delante. Más de ciento ochenta y cinco mil personas siguieron la celebración por las calles de la ciudad.
Y esta temporada, La Rosaleda, inaugurada en 1941 y sede del Mundial de 1982, vuelve a recibir partidos de Primera con sus veintiséis mil abonados dentro. Aquella renuncia, que en su momento se contó como una derrota institucional, ha terminado siendo la razón por la que el ascenso se disfruta en casa. Si Málaga hubiera aceptado ser sede, el club acabaría de subir a Primera para jugar el año más ilusionante de su última década ante doce mil quinientas personas, con la mitad de sus socios viéndolo por televisión.
Y a quinientos kilómetros, el Rayo
La parte incómoda de esta historia no está en Málaga, sino a quinientos kilómetros hacia el norte. A finales de julio, la Comunidad de Madrid extinguió la concesión del Campo de Fútbol de Vallecas después de una auditoría que su consejero de Cultura, Turismo y Deporte, Mariano de Paco, describió como demoledora, y que detectó problemas en los sistemas contra incendios y en la salubridad del agua, entre otros.
El Rayo Vallecano solicitó una medida cautelar para poder jugar allí y se la denegaron. Pidió a LaLiga el aplazamiento de su primer partido como local y también se lo denegaron. El jueves recibió al Alavés en Butarque, el estadio del Leganés, ante una grada donde no había casi ningún aficionado suyo porque las peñas rayistas anunciaron que no acudirían a ningún campo que sustituyera a Vallecas.
Dos clubes, dos estadios, dos administraciones y un mismo hecho de fondo que casi nunca se cuenta: ni el Málaga ni el Rayo son dueños de su casa. La Rosaleda pertenece a tres instituciones públicas. Vallecas pertenece a la Comunidad de Madrid. Los dos clubes ocupan sus estadios en régimen de concesión, igual que otros tantos en España, y esa dependencia permanece invisible durante décadas hasta el día en que alguien decide que hay que reformar el edificio.
La diferencia no es la suerte
Sería cómodo concluir que Málaga fue más lista y Madrid tuvo mala fortuna, y no es exactamente así. La diferencia está en algo mucho más concreto y más reproducible, y aparece en el primer párrafo de este texto. Cuando las instituciones propietarias de La Rosaleda se sentaron a decidir qué hacer con el estadio, llamaron a la Federación de Peñas y a la Grada de Animación. Los aficionados estuvieron en la sala donde se tomaba una decisión que iba a afectarles durante cuatro años. Y la decisión terminó siendo la que ellos habrían votado. En el caso del Rayo, la afición se ha enterado de todo por los comunicados, y su única herramienta ha sido negarse a viajar. Es una respuesta legítima y bastante inteligente, porque obliga a que la ausencia se vea, pero es la respuesta de quien no ha tenido asiento en ninguna mesa.
El fútbol español discute mucho sobre quién paga los estadios y muy poco sobre quién decide sobre ellos. La Rosaleda no acogerá partidos del Mundial 2030 y probablemente eso, dentro de unos años, se recuerde como el mejor acuerdo que ha firmado el malaguismo en dos décadas. Vallecas sigue en pie, cerrado, y su equipo juega a catorce kilómetros mientras espera noticias. Un estadio, al final, no es de quien lo construye ni de quien lo mantiene. Es de quien lo llena. Y en España, con demasiada frecuencia, esa es la única parte que no tiene voto.

