Un hongo en el césped de Balaídos ha dejado la primera jornada partida por la mitad: cinco de los diez partidos se jugarán fuera de ella. El calendario no se ha roto por mala suerte, se ha roto porque había dos cosas que salvar y solo se podía salvar una.
Hay un hongo en el césped de Balaídos. Lleva semanas ahí, alimentado por unas temperaturas que en Vigo han sido más altas de lo habitual, y esta tarde ha conseguido algo que ninguna federación, ninguna asamblea de clubes y ningún directivo había logrado en veinte años: decidir qué día empieza la Liga para dos equipos de Primera División. El Celta comunicó el problema a principios de semana, los inspectores de la competición evaluaron el terreno y esta misma tarde LaLiga ha confirmado que el partido contra Osasuna, previsto para el domingo, se traslada al 27 de agosto.
Con ese aplazamiento, la cuenta de la primera jornada del campeonato español queda así: de los diez partidos que la componen, cinco se van a disputar fuera de ella. El Atlético recibirá al Málaga el miércoles 19. El Valencia al Betis el martes 25. El Real Madrid a la Real Sociedad el miércoles 26. Y el jueves 27, en la misma noche, el Barcelona jugará contra el Athletic y el Celta contra Osasuna. Trece días entre el primer partido de la jornada y el último. La mitad del campeonato empezando cuando la otra mitad ya lleva dos partidos. Conviene decir desde el principio que la culpa no es del hongo. El hongo ha llegado a una jornada que ya estaba partida antes de que nadie mirara el césped de Vigo.
Veintisiete días
La causa de fondo es aritmética y no admite discusión. El Mundial terminó el 19 de julio en el MetLife, con España campeona ante Argentina, y LaLiga tenía previsto arrancar el 15 de agosto. Entre una fecha y otra hay veintisiete días, que es el tiempo que la competición española le concedía a los futbolistas que llegaron hasta la última semana del torneo para descansar, volver a entrenar, hacer pretemporada y competir. El problema es que esos futbolistas no estaban repartidos de manera uniforme. El Real Madrid aportó cinco jugadores a las semifinales y el Barcelona diez, entre españoles, franceses e ingleses, a lo que hay que sumar los internacionales del Athletic, de la Real Sociedad, del Betis, del Valencia y del Atlético. Es decir, había clubes que en agosto podían presentar un once razonablemente descansado y clubes que no podían presentar nada.
Ante eso, LaLiga tenía dos variables sobre la mesa y solo podía salvar una. Podía mover la fecha de inicio del campeonato una semana y mantener la jornada completa, o podía mantener la fecha y trocear la jornada. Eligió lo segundo, y esa elección es lo verdaderamente interesante de todo el asunto, porque no fue una improvisación de última hora: se pactó con los clubes hace meses. Mover el arranque implicaba tocar el calendario televisivo, comprimir el resto de la temporada, chocar con las ventanas de la Champions y renegociar compromisos internacionales que se firman con años de antelación. Trocear la jornada, en cambio, solo implicaba una molestia. La molestia la pagan la competición y el aficionado; el calendario televisivo no la paga nadie.
Dos ligas durante dos semanas
Las consecuencias deportivas de esa elección no son cosméticas, y merecen enumerarse porque nadie va a hacerlo mañana. La primera es que durante trece días no habrá clasificación real. Habrá una tabla en la que ocho equipos aparecerán con un partido menos que el resto, con equipos separados por tres puntos que en realidad no están separados por nada. Es un detalle menor en agosto y deja de serlo cuando el aficionado empieza a leer una tabla que no significa lo que parece.
La segunda afecta a algo mucho más serio. El mercado de fichajes cierra el 1 de septiembre. El Barcelona jugará su partido de la primera jornada el 27 de agosto, cinco días antes del cierre, lo que significa que puede disputar el estreno del campeonato con una plantilla que no será la que tenga en septiembre. El Atlético jugará el suyo el 19, en plena negociación de sus cinco descartes. Osasuna, que todavía busca lateral derecho, central y extremo, tampoco debutará hasta el día 27. Es decir, varios clubes empezarán la temporada con la plantilla a medio hacer, y otros habrán jugado ya tres partidos con la suya cerrada. La competición no arranca igual para todos.
Y la tercera es la que más va a notarse en el campo. Seis equipos, ahora ocho contando a Celta y Osasuna, disputarán su partido de la segunda jornada antes que el de la primera. El Real Madrid debuta el 22 de agosto en Cornellà y no jugará su encuentro inaugural hasta cuatro días después. No es un cambio de orden, es un desorden con forma de orden.
Queda un último detalle, y es el más elocuente de todos. Cuando se planteó jugar el Celta-Osasuna en otro estadio para no aplazarlo, la respuesta fue que no se podía: la nueva tecnología de balón con chip implantada esta temporada obliga a que los partidos se disputen en campos de Primera División. Una innovación pensada para aportar precisión ha terminado restando flexibilidad justo cuando la flexibilidad era lo único que hacía falta. Es una metáfora bastante exacta de todo lo demás.
El Celta, por cierto, podía haber pedido el aplazamiento de su partido hace semanas, como hicieron los otros. No lo hizo, precisamente para evitar acumular encuentros a finales de agosto. Ha acabado aplazando igual, y con una semana menos para prepararlo. Mañana empieza LaLiga en Mendizorroza, con el Alavés y el Getafe, y estará muy bien. Pero la temporada no empieza mañana. Empieza el 27 de agosto, que es cuando por fin habrán jugado todos una vez. Trece días después, y con el mercado a punto de cerrarse.

