El Barça reúne las piezas para volver al falso nueve

Ocho centrocampistas, cinco atacantes de banda que rematan y un Balón de Oro a punto de llegar. La plantilla que ha construido Deco este verano se parece muchísimo a las dos que hace quince años decidieron jugar sin delantero centro. Falta saber si Flick quiere, y falta también la pieza que sostenía aquello.


El 18 de diciembre de 2011, en Yokohama, Muricy Ramalho salió a la rueda de prensa después de encajar cuatro goles y dijo una frase que explica mejor que ningún análisis lo que le acababa de suceder: hoy aprendimos que se puede ser ofensivo con un sistema táctico 3-7-0. El entrenador del Santos venía de ver a su equipo perseguir sombras durante noventa minutos ante un Barcelona que había alineado a Valdés, tres centrales, Busquets, Xavi, Iniesta, Cesc, Alves, Thiago y Messi. Once futbolistas y ningún delantero sobre el papel. Neymar, balón de plata del torneo, lo formuló con menos técnica y más exactitud: hoy el Barça nos ha enseñado a jugar al fútbol.

Aquella tarde se ha contado desde entonces como el momento en que Pep Guardiola llevó una idea hasta su conclusión lógica, y lo fue. Pero la memoria colectiva ha ido borrando un detalle que ahora resulta pertinente: la posición que hizo posible todo aquello, el falso nueve, no nació de una idea sino de una lesión. La inventó Luciano Spalletti en la Roma porque se quedó sin delanteros y no tenía con quién sustituirlos. Retrasó a Totti, acumuló centrocampistas y descubrió que funcionaba tan bien que siguió usándolo cuando los atacantes volvieron a estar disponibles. El sistema sin nueve entró en la historia como una solución de emergencia y solo después se convirtió en doctrina. Conviene tenerlo presente al mirar la plantilla que el Barcelona ha terminado de armar este verano.

Un ataque construido sin referencia y con mucha pólvora

Repasemos lo que hay, que es bastante más interesante que lo que falta. En la banda, el club ha invertido este verano una cantidad considerable. Anthony Gordon llegó desde el Newcastle por unos ochenta millones y Karim Adeyemi lo hizo desde el Borussia Dortmund, incorporándose antes al trabajo de pretemporada y estrenándose ante el Birmingham con un rendimiento que Hansi Flick evaluó en público sin edulcorantes: dijo que hay cosas en las que aún debe mejorar y que lleva apenas una semana entrenando, pero también que tiene mucho potencial y que en los entrenamientos le ve mucho mejor con velocidad y capacidad para definir. Esos dos se suman a Lamine Yamal y Raphinha, que no son extremos de centro y línea de fondo sino atacantes que se cierran hacia dentro y viven del gol, y a un Dani Olmo que es un mediapunta con vocación de área pequeña.

Por delante, la referencia clásica ya no existe. Robert Lewandowski cerró su ciclo de forma natural tras más de un centenar de goles, Marcus Rashford regresó al Manchester United al término de su cesión porque el club no podía asumir su ficha, y Ferran Torres, autor de doce goles ligueros el curso pasado y del tanto que dio a España la Copa del Mundo hace tres semanas, mantiene un principio de acuerdo con el París Saint-Germain. Julián Álvarez, el objetivo declarado, sigue bloqueado en un Atlético que se remite a una cláusula de rescisión de quinientos millones. Queda, eso sí, un nombre que casi nadie está poniendo en la ecuación y que merece estar. Por otro lado, Hamza Abdelkarim llegó en el mercado de invierno, disputó el Mundial con Egipto y firmó los dos goles del Barcelona en el amistoso ante el Birmingham. Es un futbolista joven, sin galones y sin la etiqueta de heredero, exactamente el perfil que en un club de esta dimensión nunca es la solución anunciada y a veces acaba siendo la solución real.

Y en el centro del campo, la acumulación es casi cómica. O cósmica. Pedri, Gavi, Frenkie de Jong, Fermín López, Marc Casadó y Marc Bernal ya estaban. Ahora llega Rodri desde el Manchester City por unos cincuenta millones, con incorporación prevista para el 12 de agosto. Ocho centrocampistas de nivel internacional para tres puestos. Por tanto, un club que gasta ochenta millones en un extremo, se refuerza con otro y termina el mercado incorporando un Balón de Oro para la medular no está improvisando: está construyendo un equipo en el que el gol no depende de un hombre situado entre los dos centrales. Que lo haya hecho por convicción o porque el mercado le cerró las puertas del nueve es una discusión de intenciones. La plantilla, que es lo que se puede analizar, apunta hacia un sitio muy concreto.

Lo que sostenía aquel equipo

La cuestión, entonces, no es si el falso nueve es una posibilidad, sino qué hizo falta para que funcionara y qué de aquello reúne este Barcelona. Lo que sostenía el 3-7-0 de Yokohama eran tres cosas a la vez. La primera, un ancla absoluta: Sergio Busquets era, junto a los defensas, el único futbolista de aquel equipo que fijaba su posición, mientras el resto decía tener una sobre el papel pero era mentira y se movía a su libre albedrío en un desorden ordenado. Alguien tenía que quedarse quieto para que los demás pudieran desaparecer. La segunda era Messi bajando a recibir entre líneas con la autoridad suficiente para desarmar a dos centrales a la vez. Y la tercera, una plantilla educada durante años en el mismo idioma, capaz de intercambiar posiciones sin necesidad de mirarse.

Aquí aparece el matiz más fino del asunto, y es que Rodri no es Busquets. Ambos son pivotes, ambos organizan y ambos leen antes que nadie, pero hacen cosas distintas. Busquets era anclaje puro, un hombre que se ofrecía siempre y apenas pisaba la frontal contraria. Rodri llega al área, remata y ha construido parte de su valor apareciendo arriba en el momento exacto. Es mejor futbolista en términos absolutos y es una pieza distinta para un sistema que necesita un poste fijo alrededor del cual giren los demás. Su virtud, en este contexto preciso, complica el mecanismo en lugar de facilitarlo. Salvo que el mecanismo sea otro. Porque un pivote que llega al área es exactamente lo que le faltó a la España de Vicente del Bosque, y ahí está el segundo precedente.

Por qué la Eurocopa de 2012 fue más difícil

Del Bosque ganó el torneo con un sistema que la prensa bautizó como 4-6-0, con Cesc Fàbregas como hombre más adelantado y ningún delantero real sobre el campo. Levantó el trofeo y aun así se le criticó durante tres semanas por aburrido, y la crítica tenía base numérica: en el debut ante Italia, España acumuló el sesenta y seis por ciento de la posesión y marcó un solo gol. El diagnóstico de los análisis de la época fue quirúrgico: sin nadie que atacara la espalda de la defensa, no había destinatario para el pase filtrado, de manera que casi todos los envíos en el último tercio eran cortos y horizontales. Se dominaba el balón y no se generaba peligro. Aquel único gol, por cierto, nació de una llegada desde atrás.

De ahí salió una conclusión que hoy suena casi profética. Para que un equipo sin nueve haga goles y no solo estadísticas, los extremos tienen que ser rematadores. El ejemplo que se citaba entonces era Mirko Vucinic en la Roma de Spalletti, un delantero natural colocado en la banda precisamente para compensar la ausencia de referencia en el área. Esa condición, que era la que fallaba en 2012, es justamente la que este Barcelona cumple con holgura. Lamine, Raphinha, Gordon, Adeyemi y Olmo son cinco futbolistas que atacan el área desde fuera y que suman goles. Si a alguien le sobran hoy los perfiles que aquel análisis reclamaba, es a este equipo.

Qué tiene que hacer clic

Con todo sobre la mesa, el escenario más probable no es que Flick salga a jugar sin nueve por convicción. Su Barcelona presiona altísimo, ataca en pocos pases y busca la profundidad antes que el dominio posicional, y él mismo ha repetido durante meses que quiere un delantero. Pero la temporada arranca el 15 de agosto y el mercado cierra el 1 de septiembre, y en ese intervalo hay dos o tres jornadas que habrá que jugar con lo que hay.

Para que funcione, tres cosas tienen que encajar. La primera es que alguien acepte quedarse quieto, y el único candidato razonable es Marc Casadó o el propio Rodri renunciando a parte de su llegada, porque sin un ancla el sistema se convierte en un desorden a secas. La segunda es que los extremos ataquen el espacio en lugar de pedir el balón al pie: la lección de 2012 es que la posesión sin alguien corriendo a la espalda de los centrales no produce ocasiones, y ese movimiento no lo hace Lamine por naturaleza, lo hace Gordon, que lleva toda su carrera atacando profundidad en la Premier. Y la tercera es que aparezca un futbolista dispuesto a bajar entre líneas y fijar a dos centrales. Ese papel no lo ocupa nadie por decreto. En 2011 lo hacía el mejor de la historia, en 2012 lo hacía un Cesc en su plenitud, y hoy el candidato más lógico del vestuario es Dani Olmo, que lleva media carrera jugando exactamente ahí y al que las lesiones han impedido asentarse.

De modo que la pregunta interesante del sábado, cuando el Barcelona salte al campo en la primera jornada, no será cuántos centrocampistas alinea Flick ni si hay un nueve en la pizarra. Será quién se queda quieto para que los demás puedan moverse, y quién baja a recibir donde ningún central puede seguirle sin abrir un agujero. En Yokohama, aquella tarde de diciembre, esa fue toda la explicación del asunto.


El acuerdo entre Barcelona y Manchester City por Rodri lo publican Radio Cataluña y Fabrizio Romano, con incorporación prevista el 12 de agosto. Las declaraciones de Hansi Flick sobre Adeyemi proceden de su comparecencia tras el amistoso ante el Birmingham City. El principio de acuerdo entre Ferran Torres y el PSG lo recogen Marca, Mundo Deportivo y Eurosport.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *