El Tri rompe 96 años de maldición inaugural con un gol nacido de la presión de Erik Lira y otro que vale más que tres puntos: el primer tanto mundialista de un delantero al que una vez le rompieron el cráneo.
En el minuto 67 del primer partido del Mundial 2026, Raúl Jiménez hizo lo único que la medicina le desaconsejó hacer durante meses: poner la cabeza. Hay que recordarlo, porque el fútbol olvida rápido y esta historia no merece el olvido.
En noviembre de 2020, en un choque aéreo en Londres, a Jiménez se le fracturó el cráneo. Hubo cirugía, hubo placa, hubo una carrera entera en duda y un regreso con casco protector que duró años. Hubo, sobre todo, un delantero que tuvo que volver a aprender a hacer lo que mejor sabía: ir a por el balón con la frente. Llegó al Mundial de Qatar a medias, sin ritmo y sin gol, y se marchó de allí como se había marchado de Rusia y de Brasil: con cero tantos en tres Copas del Mundo.
El gol mundialista era la cuenta pendiente de toda una vida. Ayer la saldó de cabeza. En el Azteca. En el partido que inauguraba el Mundial de su país. Si esto fuera ficción, el editor lo tacharía por inverosímil.
La decisión que nadie entendió a las 20:00 y todo el mundo entendió a las 21:09
Pero esta crónica no empieza en el minuto 67. Empieza una hora antes del pitido inicial, cuando la FIFA publicó las alineaciones y México entero arqueó la ceja dos veces. Primera ceja: Raúl «Tala» Rangel en la portería, y Memo Ochoa ,el hombre de los seis Mundiales, esperando en el banquillo. Segunda ceja: Erik Lira en el mediocentro, y Edson Álvarez, el futbolista más institucional de la última década del Tri, también sentado.
Javier Aguirre tomó las dos decisiones más impopulares posibles para el partido más visto de la historia de México. Y el fútbol, que a veces es justo, tardó nueve minutos en dárselas por buenas. Porque el primer gol del Mundial 2026 no nació en el área: nació en el centro del campo, en la jugada que casi nadie mira.
Sudáfrica intentó salir jugando desde atrás —su seleccionador lo había anunciado: sin miedo, también en el Azteca— y Lira hizo exactamente aquello para lo que fue alineado: saltar a presionar la primera línea de pase con una agresividad que Álvarez, más posicional, ya no ofrece. Robó, y el balón quedó para Julián Quiñones dentro del área: zurdazo cruzado, abajo, donde los porteros no llegan. 1-0 a los nueve minutos. El estadio, que llevaba lleno desde tres horas antes, dejó de cantar un instante: necesitaba creérselo.
Conviene detenerse en el goleador, porque el simbolismo del día no se agota en Jiménez. El primer gol de un Mundial de tres países lo marcó un hombre que nació en Colombia y eligió México: Quiñones, el delantero que durante todo el ciclo sintió que Aguirre no terminaba de fiarse de él, respondió con el gol más rápido en un partido inaugural que recuerde el Tri y un primer tiempo voraz (un poste, un globo desde el centro del campo) que fue una reivindicación en bucle.
El partido que México ganó y luego dejó de jugar
El guion se terminó de torcer para Sudáfrica en el 49: pase filtrado a Brian Gutiérrez, que se iba solo, y Sphephelo Sithole lo derribó antes de llegar al área. Roja directa, la primera del torneo. Y aquí empieza la parte de la tarde que el Vasco no firmará: con uno más, con el estadio en la mano y con 40 minutos para golear, México fue de más a menos. Como si la historia rota pesara más que el rival.
El 2-0 de Jiménez en el 67 (centro medido, frente, red) pareció abrir la puerta de la goleada, y en cambio la cerró: el Tri se conformó, bajó dos marchas y se dedicó a administrar un partido que pedía ser devorado. Sudáfrica, que terminó con nueve y con dos suspendidos para la próxima jornada, ni siquiera logró rematar su última falta ensayada en la frontal: la barrera mexicana salió antes de que el balón se moviera.
Y en el 90+2 llegó la mancha del día: César Montes, capitán por una tarde, derribó como último hombre en la frontal (escorado, pero último hombre) y vio la roja directa. México jugará contra Corea del Sur sin su central de referencia, y ese partido, con Son Heung-min enfrente, es exactamente el tipo de cita en la que se echa de menos a un capitán. La euforia del Azteca tiene su asterisco.
96 años
Pongamos el resultado donde merece. México había jugado siete partidos inaugurales de Copa del Mundo desde 1930 (nadie ha abierto más Mundiales) y no había ganado ninguno: cinco derrotas, dos empates, dos goles a favor y diecinueve en contra. La lista de verdugos va de la Francia del 30 al Brasil de tres ediciones distintas. Noventa y seis años esperando ganar un partido de apertura, y se acabaron ayer, en casa, en el primer estadio de la historia que acoge tres Mundiales.
Y hay una rima que el destino escribió con regla y cartabón: el único precedente de un partido inaugural repetido en la historia de los Mundiales es este mismo. México–Sudáfrica abrió también el Mundial de 2010, un 11 de junio, con Javier Aguirre en el mismo banquillo mexicano. Aquel día fue 1-1 y el gol del Tri lo marcó Rafael Márquez, que ayer vivió el desquite desde el banquillo… como asistente de Aguirre. Dieciséis años, el mismo entrenador, el mismo rival, la misma fecha. Distinto final.
En la previa, desde la concentración sudafricana se escuchó aquello de que «los 85 mil mexicanos no juegan». Era verdad. No hizo falta: jugaron el portero que le ganó el puesto a una leyenda, el mediocentro que le ganó el puesto a otro, un colombiano de nacimiento con cuentas pendientes y un delantero con una placa en la cabeza y una deuda de doce años con los Mundiales.
México ya sabe lo que es ganar una inauguración. Lo que tiene que decidir ahora, antes de Corea y sin Montes, es si este equipo quiere ser una bonita historia de una tarde o un proyecto de tres semanas. El Mundial, que ayer solo empezaba, no va a esperar a que lo piense.

