Messi contra Messi

Hat-trick del 10 a sus 38 años. Iguala a Klose como máximo goleador histórico de los Mundiales. Su partido 200 con Argentina. Pero el dato más importante de la noche no aparece en ninguna estadística: anoche, por primera vez en mucho tiempo, Lionel Messi superó al único rival que le queda en este deporte.

Hay un detalle precioso en la historia que casi nadie ha contado de este partido. Hace exactamente veinte años, en el Mundial de Alemania 2006, Argentina jugó un amistoso contra Argelia poco antes de empezar la fase de grupos. Aquella noche, un chico de 18 años con la 19 a la espalda, recién salido del Barça B, metió dos goles. Era su segundo año en la selección absoluta, y los periodistas que cubrieron aquel partido escribieron que había nacido un fenómeno. El chico se llamaba Lionel Messi.

Anoche, en Kansas City, también contra Argelia, ese mismo chico, ahora con 38 años y la 10 a la espalda, metió tres goles. Cabeza arriba, otra vez. Aquel partido era un amistoso. Este, el debut mundialista de la campeona del mundo. Han pasado dos décadas. Han pasado cuatro Mundiales más. Ha pasado todo.

La palabra Messi

Ha llegado un momento en la conversación futbolística mundial, en algún punto difícil de fijar pero entre 2015 y 2017, en que la palabra «Messi» dejó de ser un nombre propio. Sigue siéndolo en el carnet de identidad, claro. Pero en el idioma del fútbol, en las redacciones de los periódicos, en las charlas de los entrenadores con sus jugadores, en los reportajes sobre canteranos, «Messi» se convirtió en otra cosa: una unidad de medida.

Cuando un ojeador escribe sobre un chaval de 15 años en una academia uruguaya y dice «tiene un toque tipo Messi», no está hablando de un futbolista. Está usando una escala. Como cuando se dice que algo pesa diez kilos o mide tres metros. La palabra Messi se ha convertido en un metro patrón. Una referencia universalmente aceptada, contra la cual se mide el resto del fútbol. Como pasó antes con Pelé, con Maradona, con Cruyff. Pero con una diferencia: ninguno de ellos vivió lo bastante en activo como para ver llegar la siguiente medida.

Messi sí. Messi ha visto durante años a los periodistas medir a otros contra él. Los nuevos messis. Los messis sudamericanos. Los messis europeos. Los messis japoneses. La palabra se ha convertido en categoría, y eso lo coloca a él en una posición rara, casi metafísica: es el único futbolista de la historia que entra al campo sabiendo que es la unidad con la que se medirá lo que él mismo haga en los próximos noventa minutos. Esa es la cárcel invisible del 10. Y esa es la primera idea que conviene tener clara para entender lo que pasó anoche en Kansas City.

El único rival que le queda

A los 38 años, Messi no se mide ya contra los porteros que tiene enfrente. No se mide contra Cristiano, que se quedó en otra ruta hace tiempo. No se mide contra Mbappé, ni contra Haaland, ni contra Lamine Yamal, que es heredero o sustituto según el periódico que se lea esa mañana. Messi, en este Mundial, se mide contra Messi.

Se mide contra el Messi adolescente de 2006 que solo pudo jugar siete minutos contra Alemania en cuartos. Contra el Messi de 2010 que no marcó ni un gol. Contra el Messi de 2014 que llegó a la final y a la que dicen que perdió y a la que dicen que ganó (porque ganarla, en realidad, la perdió de un metro). Contra el Messi de 2018 que falló un penalti contra Islandia. Contra el Messi de 2022 que finalmente levantó la copa. Contra el Messi de los primeros minutos de cada partido posterior, contra el Messi de la última asistencia, contra el Messi del último gol con la albiceleste.

Cada noche que pisa un campo, hay treinta versiones de él esperando para ver si la nueva versión los supera. Es un duelo invisible que no aparece en ninguna estadística. Pero existe. Y anoche, en Kansas City, ganó.

Lo que hizo

Vamos a la jugada. Porque en estas crónicas conviene anclar la idea con la carne del partido. Minuto 17. Argentina lleva quince minutos de un partido frenético, en el que Argelia ha llegado dos veces y Luca Zidane (sí, el hijo de Zinedine, el que defendía la portería del país de sus abuelos) ha empezado a temblar. De Paul recibe en la frontal, busca con la cabeza levantada, encuentra a Messi entre dos centrales. Lo que ocurre después dura menos de tres segundos y contiene veinte años de fútbol: el control orientado con la zurda, el toque que parte a un central, el remate ajustado al palo lejano que Luca no puede sacar. 1-0. Y, sin saberlo todavía, los primeros aplausos del partido número 200 de un futbolista con su selección.

Minuto 60. Argentina ha sufrido al principio del segundo tiempo, Argelia presionó alto y le sacó dos errores no habituales en la salida. Messi probó él mismo desde lejos, después le filtró el balón a Lautaro Martínez en una ocasión clarísima que Zidane salvó. Cuando peor estaba Argentina, apareció Mac Allister con un disparo lejano, y de ahí nació la jugada del 2-0: rebote, llegada, definición de Messi cruzada. 2-0. El 38, en su último Mundial, jugando lo que solo el más joven se atrevería a jugar.

Minuto 76. Nicolás González la recibe en banda, mira al área, ve el desmarque de manual del 10 entrando por el borde del área, y le pone un pase blando, casi pidiéndole disculpas por estorbar. Messi controla con la izquierda, abre el cuerpo, y suelta uno de esos disparos con rosca que ya son patrimonio inmaterial de la humanidad. El balón entra por el palo izquierdo. 3-0. Hat-trick. El primero de su vida en una Copa del Mundo.

Esta es la noticia que se ha repetido en todos los medios y que conviene tener clara para que se entienda lo que viene: en cinco Mundiales anteriores, Messi nunca había marcado tres goles en un mismo partido. Lo hizo el quinto día del sexto. A sus 38 años. En su debut como campeón vigente. Igualando a Klose en el récord absoluto de goles mundialistas. En el partido 200 con su selección. Sumando 120 goles totales con la camiseta argentina. Sobre una portería defendida por un Zidane. Si esto fuera una novela, el editor pediría suavizarlo por inverosímil.

La nueva medida

Y entonces vuelve la pregunta del principio. ¿Contra quién compitió Messi anoche? No contra Argelia. Argelia compitió bien, llegó a poner en aprietos a la Argentina de Scaloni durante diez minutos al inicio del segundo tiempo, y tiene una generación digna que tendrá su partido el lunes contra Austria. Pero no le ganó a Messi. Messi no se mide contra ellos. No contra el récord de Klose. Lo igualó, no lo superó, y aun así se va de Kansas City con la noche más grande de su carrera reciente. El número 16 le importará el día que llegue al 17. Anoche no era el número lo que estaba en juego.

Contra el único rival que le queda. Contra el Messi de 18 años que jugó aquel amistoso contra Argelia en Alemania 2006, ahora venido a ver desde el otro lado del tiempo. Contra el Messi de 23 años que llegó a Sudáfrica con la presión de «esta es la suya» y se fue con tres goles. Contra el Messi de 27 que perdió la final del Maracaná. Contra el Messi de 31 que rompió a llorar en el banquillo después del 4-3 contra Francia en octavos. Contra el Messi de 35 que finalmente la levantó. Anoche, en Kansas City, los venció a todos. Y eso no aparece en la estadística.

Lo que viene

Argentina jugará contra Austria el próximo lunes. Será otro partido de fase de grupos, con un Messi probablemente con minutos racionados, porque a los 38 años los Mundiales se ganan también desde el ahorro de fibras. Pero ya da igual lo que pase. Argentina ya cumplió la primera consigna de un campeón vigente: no perder el partido inaugural, porque hasta el día de hoy, los dos campeones del mundo argentinos anteriores (los de 1978 y 1986) habían tropezado o derrotado en su debut (Bélgica 1982, Camerún 1990).

Y el fútbol mundial ya tiene su titular: Messi sigue siendo Messi. Pero hay otra cosa, más pequeña y más íntima, que merece quedarse para el final. Cuando entró al campo, antes del himno, las cámaras lo enfocaron mirando al techo. No al césped. No a sus compañeros. Al techo del estadio. Como si estuviera contando algo. Como si estuviera midiendo. Cuántos Mundiales le quedan, cuántos partidos, cuántos minutos. Hay una conversación que el 10 mantiene solo con él mismo, y que ningún periodista podrá nunca transcribir. Pero está ahí, en cada gesto previo al pitido inicial.

Anoche, sea lo que sea que se dijo, le funcionó. Que disfrutemos. Lo dijo De Paul al acabar el partido, y conviene repetirlo aquí. «Hay que disfrutarlo. No hay que perderse ni un minuto de él jugando.» Porque lo que estamos viendo en este Mundial 2026 no es un futbolista jugando una Copa del Mundo. Es una unidad de medida intentando, una vez más, ser ella misma. Y siéndolo. Y dejándonos a todos, los aficionados, los periodistas, los rivales, los otros futbolistas, sin nada más que decir que lo que dijo Pocho Lavezzi anoche en una red social, debajo de la foto del 10 celebrando: «El puto amo de este deporte». Cinco palabras. Y tiene razón.

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