La paciencia de los elefantes

Amad Diallo decidió en el 90 un partido que Ecuador jugó mejor. Pero detrás del marcador hay algo más serio: una Costa de Marfil con uno de los frentes de ataque más ricos del torneo, paciente cuando hay que serlo, despiadada cuando aparece el espacio. La pregunta ya no es si pasará de grupos por primera vez. Es hasta dónde puede llegar.

Los elefantes no atacan. Esperan. Pueden estar quietos durante horas bajo el sol africano, dejando que el resto del paisaje se mueva alrededor, ahorrando cada gota de energía para el instante exacto en que conviene gastarla. Cuando deciden cargar, todo lo que está delante se aparta o se rompe.

Este domingo en Filadelfia, Costa de Marfil hizo honor a su apodo durante noventa minutos. Ecuador llevó la iniciativa. Ecuador disparó al larguero dos veces con Enner Valencia. Ecuador tuvo más balón, más empuje, más ambición. Ecuador, además, llegaba con un argumento difícil de discutir: diecinueve partidos sin perder. Y aun así, cuando se encendieron las luces del tramo final del partido y el primer empate sin goles del torneo parecía servido, Wilfried Singo arrancó por la derecha como solo arrancan los Singo del mundo, encontró a Amad Diallo dentro del área y el extremo del Manchester United, de zurda, de primera, terminó con el suspense. Minuto 90. Tres puntos para los elefantes y la primera derrota ecuatoriana desde el 6 de septiembre de 2024.

Decir que Ecuador mereció más es justo. Decir que Costa de Marfil ganó por suerte es perezoso. Vamos a explicar por qué.

El plan: aguantar, mover, esperar

Lo que hizo Costa de Marfil sobre el césped fue una clase de gestión emocional disfrazada de planteamiento táctico. El equipo de Emerse Faé sabía dos cosas antes del pitido inicial. Una: que Ecuador, con Beccacece, presiona alto, asfixia, vive de quitarte el balón cerca de tu portería. Dos: que esa intensidad tiene un precio físico y se paga en los últimos veinte minutos. La pregunta, entonces, no era cómo ganarles el partido en el minuto treinta. Era cómo seguir vivos para ganarlo en el ochenta.

Para eso, Faé puso una doble pivote que es de las cosas más completas que se van a ver en este Mundial: Franck Kessié y Seko Fofana. Cuatro pulmones, dos cabezas distintas y una sola misión, encerrar a Moisés Caicedo. Y lo lograron. El centrocampista del Chelsea, que en su selección es el termómetro y el conductor, terminó el partido sin haber dictado una sola posesión memorable. Cuando le anulas a Ecuador su director, le anulas su música. El resto del equipo ecuatoriano siguió generando, sí, pero a su manera ruidosa, sin pausa, a base de remates lejanos y centros laterales. Sin Caicedo dictando, Ecuador es ocasiones aisladas. Con Caicedo dictando, Ecuador es continuidad. La continuidad nunca llegó.

Detrás de Kessié y Fofana, Costa de Marfil aguantó las llegadas con orden y mordió en transición. Cada vez que Ecuador perdía un balón cerca del círculo central, el plan se activaba. Singo se proyectaba como una bala desde el carril derecho. Pépé buscaba el uno contra uno por izquierda. Amad caía a recibir entre líneas. Doué, el otro Doué, el ofensivo, aparecía como tercer hombre. Y el resultado se vio en el detalle del 90: una sola jugada, ejecutada por jugadores que llevaban ochenta y nueve minutos esperando exactamente esa jugada.

El frente de ataque que casi nadie ha terminado de medir

Y aquí está la conversación que merece tenerse en serio, porque va a marcar el resto del torneo de Costa de Marfil.

Pongámoslo por escrito: el frente de ataque marfileño es uno de los cuatro o cinco más completos del Mundial. Amad Diallo acaba de firmar su mejor temporada en el Manchester United, con regate, definición y un perfil que ya no es promesa sino realidad asentada. Nicolas Pépé está en el último gran torneo de su carrera y juega con la calma del veterano que ya no tiene nada que demostrar fuera del campo. Wilfried Singo no es un lateral, es un atacante con galones de defensor: el Mónaco lo emplea por banda derecha y lo que hace con esa proyección, esa zancada y esa pegada en cruz, no lo hacen ni cinco laterales en el mundo. Y por detrás aparece el banquillo, con Sébastien Haller volviendo a estar para minutos importantes y un pulmón ofensivo que Faé puede rotar sin perder amenaza.

Compárense ese cuádruple frente con los de los grupos vecinos y la imagen empieza a colocarse. Marfil tiene más alternativas reales de gol que Marruecos, llega más fresca que Senegal y tiene más amplitud de banda que cualquier africano del torneo. No es bravuconada decir que su zona de tres cuartos es de los mejores cinco frentes de ataque de la Copa. Es lo que muestran las estadísticas de la Premier, del Mónaco, de la Bundesliga. Lo que ayer, simplemente, todavía no pudieron mostrar entero, porque el plan pedía paciencia primero y pólvora después.

Y entonces, ¿cuánto pueden estirar esto?

Vamos por partes, porque mezclar deseos con análisis es lo que destruye buenas previsiones.

Primer punto, el más concreto: pasar de grupos. Costa de Marfil ha disputado tres Copas del Mundo en su historia (2006, 2010, 2014) y ha caído en fase de grupos en las tres ocasiones. Es la mancha negra del fútbol africano contemporáneo: una generación enorme, la de Drogba, Yaya Touré, Eboué, Kalou, que nunca convirtió su talento individual en un partido de octavos. Aquella sequía pesa. Esta vez, con tres puntos en el casillero tras la jornada uno y con Curazao y Alemania por delante, los marfileños tienen el camino más despejado que han tenido jamás. Ganar a Curazao, equipo debutante goleado por 7-1 ese mismo día, es exigible. Con cuatro puntos casi están dentro, y con seis están dentro fijo. Pasar de grupos por primera vez en su historia no es ya una posibilidad: es lo más probable.

Segundo punto, más jugoso: plantar cara a Alemania. La Mannschaft acaba de meter siete a Curazao, sí, pero conviene matizar el dato. Curazao defendió como una nación de 156.000 habitantes ante una potencia, no como una selección competitiva. La Alemania que se va a encontrar Marfil dentro de unos días no jugará con tanto espacio. Los alemanes son altísimamente vulnerables al duelo individual por banda derecha rival, y eso es exactamente lo que tiene Singo. Si Marfil le hace a Alemania lo que le hizo a Ecuador, aguantar, esperar y morder en transición, hay partido. Mucho partido. La idea de que los marfileños le pueden empatar o incluso ganar a Alemania no es romanticismo de previa: es lo que dicen sus armas tácticas. La sorpresa del grupo, si llega, llegará por ahí.

Tercer punto, el delicado: ¿pueden ser revelación y meterse en rondas finales? Aquí toca ser honesto. El fútbol de selecciones premia a quienes saben sufrir en partidos a un solo encuentro, y Marfil tiene en su ADN reciente una victoria de exactamente ese tipo: la Copa de África de 2024 en casa, ganada después de empezar el torneo perdiendo dos partidos y de estar eliminada virtualmente. Ese equipo aprendió a vivir muerto, a no perder la calma cuando todo iba mal. Esa cicatriz mental es oro en eliminatorias. Si el cuadro se les abre, si en octavos les toca un europeo en transición o un sudamericano sin centro del campo, Marfil puede ganarlo. ¿Cuartos? Posible, no probable. ¿Semifinales? Habría que ver el camino. Lo que sí es razonable afirmar, sin volverse loco, es esto: Costa de Marfil es el equipo africano con más opciones reales de ser una sorpresa de verdad en este Mundial. Más que Marruecos, que ya no sorprende a nadie. Más que Senegal, atrapada en su propio drama institucional. Más que Egipto, que llega vivo solo por Salah.

La derrota más cara de Ecuador y el aviso del torneo

Una última cosa, porque a Ecuador hay que hacerle justicia. La Tri se va a casa con cero puntos, pero no con cero argumentos. Lo de Beccacece es serio. Esta selección fue la segunda de la clasificación sudamericana, llegaba invicta desde hacía nueve meses y exhibió en Filadelfia un fútbol de propuesta, con personalidad, con dos remates al larguero que merecían sentencia. La falta de eficacia hoy le costó tres puntos. La falta de eficacia mañana puede costarle el Mundial entero, porque Alemania espera y Curazao ya no es el rival regalado que parecía antes del 7-1.

La moraleja del partido es la misma que la del Mundial entero hasta aquí: no basta con jugar mejor. Hay que rematar. Costa de Marfil esperó noventa minutos para meter una bala. Ecuador disparó treinta y dejó dos en el larguero. Gana siempre el que acierta la última, no el que merece haberla acertado. Los elefantes han aprendido a esperar. Y ahora, con tres puntos en la mochila y Alemania en el horizonte, lo que tienen que aprender es a cargar. Si lo hacen, este Mundial va a tener una sorpresa africana que no se llama Marruecos.

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