Paraguay marcó al minuto y se pasó el resto del partido defendiendo. Y lo hizo casi todo el segundo tiempo con un jugador menos. Turquía, con más nombres, más talento y más hombres sobre el campo, se estrelló contra la cosa más vieja del fútbol sudamericano: un equipo dispuesto a morir en su área. Esta es la crónica de una eliminación que explica por qué el fútbol no siempre lo gana quien mejor juega.
A los sesenta y cuatro segundos de partido, cuando casi nadie se había acomodado todavía en el asiento, el Mundial de Turquía empezó a derrumbarse. Julio Enciso levantó la cabeza, Matías Galarza Fonda encaró desde la frontal y soltó un derechazo que se metió pegado al palo de Uğurcan Çakır. Gol de Paraguay. El más rápido de todo el Mundial 2026 hasta la fecha, siete segundos más veloz que el de Saibari ante Escocia el día anterior. Un minuto y cuatro segundos para poner patas arriba toda una clasificación.
Lo que pasó después es una de las grandes lecciones tácticas y emocionales de esta Copa del Mundo. Porque ese gol tan temprano no le dio a Paraguay un partido cómodo. Le dio justo lo contrario: ochenta y nueve minutos para defenderlo. Y Paraguay, que de defender sabe más que casi nadie en el planeta, se dispuso a hacerlo de la única manera que conoce. Con el alma.
Conviene quedarse con el nombre del goleador, porque tiene su propia historia. Matías Galarza Fonda, mediocampista de 24 años, llegó a este Mundial recién apartado del plantel de River Plate y sin equipo asegurado para la próxima temporada. Un futbolista que hace unas semanas era una nota a pie de página del mercado sudamericano metió el gol que eliminó a una de las selecciones de moda del fútbol europeo. El fútbol, cuando quiere, escribe estas cosas.
El plan que se rompió en el minuto 48 de la primera parte
Pero la historia de este partido tiene un giro que lo cambia todo, y hay que contarlo con precisión porque es la clave de la eliminación turca. Paraguay marcó pronto, sí, pero su plan no era encerrarse desde el minuto 2. Salió a competir, a buscar un segundo que matara el partido, y de hecho tuvo el control de las emociones durante buena parte de la primera mitad. El problema llegó en el descuento del primer tiempo, en el minuto 45+3, con una de las jugadas más insólitas que se recuerdan en un Mundial.
Miguel Almirón, el futbolista más reconocido de Paraguay, se tapó la boca con la mano para decirle algo a Mert Müldür. Un gesto que durante cien años de fútbol no habría tenido más consecuencia que una mirada. Pero el reglamento de este Mundial incluye una novedad, la llamada Ley Prestianni, que sanciona expresamente taparse la boca para dirigirse a un rival, una medida pensada para evitar burlas, insultos y gestos antideportivos imposibles de detectar por el árbitro. El VAR avisó al colegiado salvadoreño Iván Barton, Barton revisó la acción y sacó la roja directa. Almirón se convirtió en el primer expulsado de la historia por esta norma. Una página para los libros, y una losa para Paraguay, que se quedaba con diez jugadores para todo el segundo tiempo.
A partir de ese momento, el partido tenía un guion clarísimo sobre el papel. Turquía, con un hombre más, con cuarenta y cinco minutos por delante y con la necesidad imperiosa de ganar para seguir viva, iba a volcar a Paraguay sobre su portería y a buscar el empate con todo. Y eso fue exactamente lo que pasó. Lo único que falló fue el final.
Cuarenta y cinco minutos contra un muro
Turquía monopolizó el segundo tiempo. Tuvo la posesión, encerró a Paraguay en su área, llegó una y otra vez. Los números del acoso son contundentes. Tuvo el balón, tuvo el campo, tuvo el hombre de más, tuvo las ocasiones. Deniz Gül remató de cabeza en el minuto 60 y obligó a Orlando Gill a una gran intervención. Merih Demiral, el central que en la Eurocopa 2024 había sido héroe de Turquía con un doblete ante Austria, probó desde la frontal y desde el área en varias ocasiones. Kenan Yıldız disparó fuera. Çalhanoğlu lo intentó desde lejos. Y en el minuto 90+7, en la última jugada del partido, Arda Güler botó un tiro libre que recorrió el área entera sin encontrar una cabeza turca que lo empujara.
No entró ninguno. Ni uno. Y aquí está la pregunta que Turquía va a tener que hacerse durante mucho tiempo. ¿Cómo es posible que un equipo con Arda Güler, con Çalhanoğlu, con Yıldız, con Demiral, con un banquillo lleno de futbolistas de las mejores ligas europeas, sea incapaz de meterle un gol a una Paraguay con diez hombres durante cuarenta y cinco minutos? La respuesta no es una sola, y conviene desmenuzarla, porque ahí está el porqué de la segunda eliminación más dolorosa del torneo hasta la fecha.
Los porqués de un fracaso
Uno: Turquía es un equipo de talento individual sin un plan colectivo claro. Lo de Vincenzo Montella lleva tiempo siendo una incógnita. Su selección tiene jugadores capaces de momentos mágicos, pero carece de un mecanismo reconocible para fabricar ocasiones cuando el rival se cierra. Frente a un bloque bajo, Turquía no tiene patrones. Tiene destellos. Y los destellos, contra un equipo replegado y entregado, casi nunca bastan. La acumulación de disparos del segundo tiempo es engañosa: fueron remates desde lejos, centros sin destinatario, intentos individuales. Ocasiones claras de gol, las justas.
Dos: Arda Güler sigue sin ser determinante con su selección. Y este es el gran tema turco. El chico del Real Madrid es un futbolista delicioso, pero su rendimiento con Turquía arrastra un patrón preocupante. Montella ha repetido muchas veces que no concibe a su equipo sin él, y sin embargo, partido tras partido, su influencia se diluye cuando más se le necesita. Anoche, su acción más recordada fue ese tiro libre final que no encontró rematador. Demasiado poco para el hombre llamado a liderar a una generación.
Tres: Turquía no supo gestionar la superioridad numérica. Tener un hombre más durante un tiempo entero es una ventaja que, bien usada, debería traducirse en ocasiones claras. Pero jugar con uno más contra un equipo que se encierra requiere paciencia, amplitud, circulación rápida y un nueve que ataque el área. Turquía hizo lo contrario: aceleró sin criterio, abusó del disparo lejano y nunca encontró la pausa para desordenar a la defensa paraguaya. El hombre de más, contra un muro, se convirtió en irrelevante.
Cuatro: Subestimó lo que significa enfrentarse a Paraguay. Y este es el factor que une todo. Paraguay vuelve a un Mundial dieciséis años después con una identidad intacta, casi anacrónica en el fútbol moderno: la del equipo que defiende como un acto de fe. Garra, repliegue, sufrimiento, sacrificio. Orlando Gill, el portero, hizo el partido de su vida. Omar Alderete y la zaga se tiraron a bloquear cada disparo. El equipo entero corrió, despejó y aguantó durante cuarenta y cinco minutos con uno menos como si en ello les fuera la vida. Porque les iba. Turquía, probablemente, pensó que con su talento y su hombre de más aquello caería solo. No cayó.
El mérito que casi nadie va a contar
Gustavo Alfaro, el técnico argentino, construyó en estos meses un equipo a su imagen: pragmático, ordenado, sin complejos. Tras la goleada sufrida en el debut ante Estados Unidos (4-1), reorganizó la defensa, recuperó solidez y volvió a la esencia que llevó a Paraguay a clasificarse. Y en la previa de este partido decisivo, dejó una frase que define el momento del equipo. Pidió a la prensa y a la afición que protegieran a sus jugadores. «Si tienen que criticar a alguien, critíquenme a mí, que tengo el cuero grueso. Tírenme los dardos a mí. Porque se termina el Mundial y yo me voy, pero los jugadores van a seguir estando.» Anoche, esos jugadores le respondieron con una de las actuaciones defensivas más entregadas que se verán en todo el torneo.
Paraguay revivió. Después de un debut que fue un golpe de realidad, está vivo y depende de sí mismo. El jueves 25 se jugará contra Australia el segundo puesto del Grupo D, el que ya tiene asegurado Estados Unidos. Un mano a mano por un billete a dieciseisavos, exactamente el tipo de partido a vida o muerte en el que esta Paraguay, la de la garra y el repliegue, se siente como en casa.
Lo que se va con Turquía
Y Turquía se va. Dos partidos, dos derrotas, cero goles a favor, eliminación matemática a falta de una jornada. La que para muchos era la selección revelación en potencia de este Mundial, la de la generación de Arda Güler, se marcha por la puerta de atrás sin haber competido de verdad en ninguno de sus dos partidos. Cayó ante Australia y cayó ante Paraguay. No ante Francia o Argentina. Ante dos selecciones que la superaron en lo único que de verdad importa: en saber lo que eran y en jugar a ello con convicción.
Es la gran decepción del torneo hasta ahora. Y deja una lección que el fútbol repite cada cuatro años, por mucho que cada generación crea que a ella no le va a pasar. El talento sin plan no gana Mundiales. La ambición sin identidad tampoco. Y un equipo dispuesto a morir en su área, aunque sea con diez hombres, es capaz de tumbar a cualquiera que salga al campo pensando que el partido ya está ganado.
Sesenta y cuatro segundos le bastaron a Paraguay para encontrar su gol. Y un muro de cuarenta y cinco minutos para defender su Mundial. Turquía, con más nombres y más hombres, no encontró la manera. A veces, el fútbol va exactamente de esto.

